
Eran las tres de la tarde y no
acababa de enfriarse la comida. Yo tenía tan sólo un plato que entregar. Los
nervios movían el talón de Don Fernando, arriba y abajo, arriba y abajo. El
parquet, acristalado por la luz que se posaba sobre él, decoraba el ambiente de
su llegada. Tarde era para ella llegar a casa sobre las dos, él esperaba a Doña
Marta desde temprana puntualidad. Ya no soportaba su aire de descontrol y optó
por imitarla y la mató. Sirvió el plato frio nada más sentir la corriente de
aire caliente del exterior.
El lunes por la tarde parecían
felices y Fernando sobretodo convencido de su suspicaz enamoramiento hacia
Marta. No había noticia mejor en el pueblo que el amanecer del amor de la nueva
pareja, que afloraba, y que afloraba, dando vida a la opinión romántica y
conservadora de los vecinos.
El día precisó, era martes y ya
todos aceptaron su invitación. ¡Su merced, allí estaré! Hasta los reposteros
llegaron puntuales, e incluso pudieron probar la gran tarta que venía de
acompañamiento a dos figuritas muy convencidas de su matrimonio. La merienda de
los chóferes ya fue ofrecida e ingerida. ¿Habrá visto a la novia? La atmósfera
llena de impaciencia, el próximo Don en el altar, aunque bajito, de puntillas
ese día parecía estar.
Los miércoles siempre les llegan
de madrugada desde que se casaron. Un interés común por las cañas les agradaba.
Doña Marta tenía cada vez más sed de acudir al bar y Don Fernando cada vez más
era saciado en menor permanencia dentro del local. La ley de Pepe, dice, que si
un abrigo no mantiene el calor, debe ser cambiado. Pepe era el rostro que
sujetaba un pegote de gomina y cabello. Algo que no se alejaba de ser
anacrónico, aunque despertaba curiosidad en la clientela femenina local.
Cuando por fin podría
considerarse que se les ofrecía una oportunidad para sentarse y hablar sin la inercia
de comportamientos tradicionales, las cajas de mudanza entorpecían la
usabilidad de la tarea y ocultaban el dónde sentarse. Cansados de todo ajetreo
optaron por ofrecer descanso a los cuerpos agotados y agotadas mentes volviendo
al bar. Dedocráticamente Pepe y “la casa” les invitaron a tomar de una botella
arropada en polvo y de gran valor precedente sobre el sabor, que tras el primer
trago quebró en bolsa, pero de mareos. Doña Marta remolcaba a su Don Fernando
hasta casa y se despedía del jueves y de Pepe.
-Es que me gusta mucho poner
música de mi tierra por la mañana, sino imposible que te planche las camisas.
Así que, ya sabes, a acostumbrarse.
-Son las 7 de la mañana de un
festivo. Deja las camisas que nos regaló la Nuria por la boda, apaga el ruido y
métete aquí. Vamos a empezar bien el viernes. Tenemos que descansar, que esta
noche promete. Vienen mis amigos a las fiestas del pueblo.
Fruñó el seño observando a un
desconocido despatarrado en el lugar que iba a sustituir su lecho de los
últimos 19 años. Desde una perspectiva desalmada, antes de saber que esa misma
noche ante los amigos de su marido constataba como una medalla más que colgaba
de la recién planchada camisa; tendió sus ilusiones con pinzas.
Le hacía gracia y no paró de
reírse durante el breve tiempo que pasó con él a la vuelta del mercado. Las
calles estaban patas arriba, los banderines barrían las calles al son del
viento, los papeles guiaban sin ninguna pauta la mirada de los niños, los
abuelos eran más de sábados por la mañana, los feriantes dormían en sus puestos,
el sol daba gustillo a los gatos medio dormidos en las azoteas, las sombras se
achicaban con el paso de la mañana, restos de churros, patatas y bebidas daban
una irregular capa de laca al suelo y
Pepe le dio un beso…
… y la ilusión. Follaron como si supieran
que no habría un mañana más allá de las dos.